Bruselas y las patatas fritas

Friterie Place Flagey
Las freidurías y demás tenderetes de patatas fritas son el corazón de la cultura belga. Sin patatas fritas no se puede entender la Bélgica de hoy en día.

La patata frita– y no la monarquía- es lo único que mantiene unido a este país, es el auténtico nexo entre las dos lenguas y sus culturas: frites y frietjes, friterie y fritkot, solo reflejan una superficial diferencia de lenguas, no la esencia nacional.

El reconocimiento de los belgas con la patata frita es tal que algunos de los que trabajan en el extranjero han creado una página para friteros exiliados, a la búsqueda de patatas fritas con diferente acento que les permitan superar el síndrome de abstinencia patria.

Cuando llegué a Bruselas, esquivé como pude el vicio grasiento de la patata frita, pero al final he mandado a tomar viento al gimnasio y me he entregado a la pasión local, en una clara muestra más de mi integración con la cultura indígena. Me he decidido a llamar a mi diario personal Bailando con fritas.

A la vuelta de cualquier esquina acecha el olorcito de la grasa de vacuno recalentada que va chisporroteando y dorando las patatas, congregando a los viandantes que tratan de resistir como pueden su maléfico canto que surge de las freidurías.

Compartir un cucurucho de patatas fritas es un acto de comunión espiritual no igualado por ninguna religión.

En función de la preferencia por las diferentes salsas con que se puede acompañar este manjar se podría llegar a realizar un estudio sociológico que estoy seguro tendría un gran impacto científico, pero no hablamos hoy de ciencia sino de vicio: como si de dos cultos mayoritarios se tratara, impera el abuso de la mayonesa y del ketchup, frente a la multitud de mojes y untos ofrecidos.

A medida que he ido formando mi paladar, he establecido una clara preferencia por algunos de estos tenderetes, pero he de admitir que me entrego por igual a aquellos que no alcanzan el más alto nivel de calidad. ¿Existirá algo parecido a la metadona para las patatas fritas?

De todas formas, habiéndome saciado hoy, creo que es el mejor momento para elaborar, a mi graso entender, una pequeña lista de las mejores freidurías de Bruselas:

  1. Si hay un lugar al que peregrinar necesariamente en Bruselas, en busca de la patata perfecta, es sin duda Frit Flagey, la freiduría de la plaza Flagey, junto a los estanques de Ixelles; meca a la que hay que peregrinar como mínimo una vez al mes los locales y una vez en la vida el resto de los mortales.
  2. Para la mayoría de nos, que frecuentamos el centro de Bruselas, un buen lugar es sin duda la Friterie Tabora, en la calle Tabora al lado de la bolsa y de la Plaza Mayor. Patatas frescas y nunca congeladas en un pequeño local frente al que suele haber cola. En la misma zona, evitar Fritland, excepto bajo los efectos graves del alcohol.
  3. Para aquellos viajeros negociantes y mercaderes que hayan de pasar unas horas por el Parlamento Europeo, es un deber inexcusable probar las patatas fritas del gran comedero donde se hacinan los eurocurritos, conocido popularmente como la cantina. Crujientes, doraditas y con un perfume diferente, que toman del aceite de cacahuete con el que las fríen, su único inconveniente es la dificultad de acceso.
  4. En la plaza de la Chapelle, de camino al rastrillo bruseleño, se encuentra otro de mis pesebres habituales, la Friterie de la Chapelle, que suelo esquivar poniéndome las manos a ambos lados de la cara para no mirar: ojos que no ven…, maldita nariz que sigue funcionando.
  5. Quién carda la fama de ser la mejor freiduría de Bruselas, con calidad suficiente para estar en esta lista pero no para encabezarla, es Chez Antoine, en la plaza Jourdan; tenderete adusto y marmolizado que cuenta con el encanto de poder meterse en los bares de la plaza a disfrutar del cucurucho degustando al tiempo alguna de las muchas cervezas belgas.

Esta lista es un trabajo en curso, que irá variando con vuestras sugerencias, con mis experiencias y con mi consiguiente degeneración corporal, aunque por el momento parece que he alcanzado lo que se conocería en los ambientes de buceo como friteo por saturación, por el que alcanzado un cierto nivel de grasa en mi cuerpo el resto se desecha al no poder ser asimilado.

O eso, o mi espejo me esconde los depósitos de grasa que pueda estar acumulando.

*Foto de grouffman

Aeropuertos, polonio y foi-gras

Aunque sea con retraso, no puedo dejar pasar la oportunidad de citar esta carta al director aparecida en El País. El tema no es otro que las nuevas- y a mi entender, exageradas- medidas de seguridad adoptadas en todos los aeropuertos, e interpretadas de manera diferente según el guardia de seguridad que te toque:

ya se ha arreglado.

Anthony Braxton en Bruselas

Ayer empecé la gran pechada jazzera con Anthony Braxton: cuatro días escuchando estándares de Jazz interpretados por uno de los saxofonistas vivos más importantes del jazz, cabeza de todo lo que es vanguardia y jazz libre (“free-jazz”).

La primera vez que le escuché en directo fue en el Button Wood Tree, junto a la Universidad de Wesleyan en la que impartía clases Anthony Braxton. Tengo que admitir que tras un rato, salí corriendo aturdido por el “ruido”, pero a partir de ese día comencé a escuchar el jazz y a disfrutarlo de manera mucho más relajada y libre de prejuicios. Sinceramente, después de aquel día muchas cosas que antes me parecían raras empezaron a parecerme de lo más normalito.

Los conciertos se celebran del 23 al 26 de noviembre en un pequeño café de Bruselas, el PP Café, que no tiene nada que ver con el partido homónimo. Un auditorio más bien pequeño, unas 100 personas de público por noche, pero en el que se gana mucho por la cercanía de los músicos.

En esta ocasión viene acompañado por tres jóvenes músicos italianos: Alessandro Giacero (piano), Antonio Borghini (contrabajo) y Cristian Calcagnile (batería).

Lo mejor es escuchar su música, así que aquí dejo un vídeo que he encontrado en YouTube:

Anthony Braxton, “Impressions”