Mamá, quiero ser becario

Alberto Segarra. Becario BlogBruselas

Jamás pensé que iba a ser el primero en algo, hasta que anoche Twitteando, uno era de los que mira el progreso con esa mueca entre desprecio y cansancio, encontré que BlogBruselas había conseguido el primer becario de su historia.

Este falso héroe llegó a la capital belga en septiembre de 2009 para estudiar Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Vrije Universiteit Brussel, en la Universidad flamenca, vamos. Nacido en Valencia en el otoño del ochenta y ocho, vine a Bruselas como escritor acomplejado, lector compulsivo y cinéfilo incomprendido. Y aunque la adolescencia no la dejé atrás hace mucho tiempo puedo asegurar y aseguro que he vivido un gran año en una gran ciudad. Afincado en una residencia céntrica, compartiendo experiencias con estudiantes de todo el mundo, acabo de decir hasta luego a mis exámenes y ahora con el verano, me subo al barco de los becarios en Bruselas para así desde mi precoz punto de vista poder intentar poner todo el escenario de la capital de Europa bajos vuestros dedos. Para que no sólo os quedéis con la barra del bar en los días de lluvia, sino para poder empezar un álbum de recuerdos, sabores y olores y como decía el poeta Charles Bukowski, para poder vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos. Porque en Bruselas solo se aburren las manecillas del reloj.

Como me había propuesto hablar de mi mismo, os dejo un fragmento de La vida en el abismo de Ferrán Torrent, que aunque no os indica nada de como soy yo, sí os confirmará por qué estoy aquí, ante el folio en blanco.

Me atraían y todavía me atraen los tipos que vulneran las normas, los que viven al límite, los que aceptan el riesgo como parte natural de la vida, los que se lo juegan todo a una carta —incluso en el sentido metafórico de la expresión—, aquellos que, si lo pierden todo, no expresan ni una palabra de lamento, ni una queja, conscientes quizá de que la derrota es una motivación para recuperarse y el éxito un permiso para seguir recorriendo un angosto sendero flanqueado únicamente por enormes acantilados, en el que se han acostumbrado a vivir porque todo lo demás, lo que interesa a la mayoría, les aburre, les agobia hasta el extremo de anular su personalidad.